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EN LA CIUDAD ROSA

 

Hace una semana que volvimos de Jaipur, la Ciudad Rosa (India). Regresamos encantados del viaje, de la vitalidad de ese país, de la alegría que desprende, de la nobleza de sus gentes.

Puede que esa efervescencia que hemos observado sea porque hemos tenido la suerte de coincidir con dos grandes fiestas, el EAT FESTIVAL  que celebran los musulmanes y el DIWALI FESTIVAL que celebran los hindus. Sea o no la razón, ahora mismo India es uno de esos países maravillosos donde todo es posible.

 De regreso a casa, esa alegría y esa vitalidad, la verdad, se echan de menos…

 Pero queriendo poner nuestro granito de arena a la recuperación de la alegría y la vitalidad perdidas, hemos traído las más fabulosas piedras que hemos encontrado. Piedras a las que rendimos pleitesía como: agua marina, granate, piedra de luna o sus majestades: rubí, esmeralda y zafiro. Y nuevas adquisiciones que sin duda os van a fascinar tanto como a nosotros: ópalo arlequino, onix verde, jade, espinelo,…

Magia y misterio, son las dos palabras que describen a la perfección el negocio de las piedras preciosas y semipreciosas. Magia es ver tanta belleza junta, con su inmensa paleta de color y sus destellos de luz. Y magia es transformar esas piedras en joyas únicas que trasmitan alegría y belleza a quien las lleve.

 

A trabajar!!!

Sensibilidad, constancia e instinto

 

Como motivo de la exposición de CARTIER en Madrid, quiero compartir quién fué, cómo comenzó y hasta dónde llegó con su sensibilidad, constancia e instinto para los negocios. Y nada mejor que el texto con el que comienza el catálogo de la muestra, que finaliza el próximo día 17 de febrero:

En 1847 Louis-François Cartier (1819-1904) era empleado en el taller de joyería de Adolphe Picard, en el número 29 dela Rue Montorgueilde París. Cuando el maestro Picard se trasladó a otro local, dejó al joven al cargo del negocio. Seis años después, Louis-François Cartier se estableció por su cuenta cerca del Palais Royal. El refinamiento de las joyas de Cartier, de inspiración antigua y clásica, no tardó en llamar la atención de una clientela elegante. La princesa Matilde, prima del emperador Napoleón III, llegó a ser cliente habitual de Cartier: los libros de cuentas de la compañía registran la adquisición por su parte de más de doscientas piezas. En 1859 la emperatriz Eugenia de Montijo encargó un servicio de plata para el té. Ese mismo año, Cartier se trasladó al número 9 del Boulevard des Italiens, el nuevo barrio de moda. Alfred (1841-1925), hijo de Louis-François, se hizo cargo del negocio en 1874. Paralelamente, el descubrimiento a finales de los años 1860 de yacimientos de diamantes en Sudáfrica tuvo un impacto enorme en el mundo de la joyería al proporcionar una repentina abundancia de piedras de gran calidad. Las joyas de ese periodo estaban montadas en guarnición de plata y oro, características de la época, y estaban inspiradas en el estilo Louis XV, también conocido como estilo Guirnalda, que alcanzó su punto culminante en 1890 y seguiría de moda hasta la Primera Guerra Mundial. Entretanto, para resolver el problema de oxidación de la plata, Cartier empezó a usar el platino, cuyas maleabilidad, blancura y resistencia le permitieron realizar monturas etéreas que parecían encajes y guirnaldas de diamantes [Broche devant de corsage Azucenas 1906].

 

 

 

 

 

Alfred tuvo tres hijos: Louis (1875-1942), Pierre (1878-1964), y Jacques (1884-1942). En 1898, Louis se asoció a su padre en el negocio familiar, y sus hermanos lo siguieron unos años después. Demostró tener sensibilidad hacia la belleza e instinto para el comercio, y en 1899 convenció a Alfred de que había que trasladarse a la calle más elegante de la ciudad, al número 13 de la Rue de la Paix, que actualmente sigue siendo el edificio emblema de la Casa Cartier.

Retrato de familia   

Reivindicación

Aprovechando la oportunidad que nos brinda nuestro blog, queremos compartir lo que para nosotros es el mundo de las joyas.

A menudo son consideradas producto de la frivolidad y el despilfarro, cuando en realidad, son objetos íntimamente ligados a la vida de las gentes que, en muchos casos, acompañan a lo largo de toda una vida a una generación y las siguientes. Se refleja en ellas el talante y circunstancias de las personas que las llevan y la sociedad donde se exhiben.

Las joyas, tan a menudo relegadas al mundo de los complementos de la indumentaria, en realidad están rodeadas de un mundo simbólico propio y en la mayoría de los casos albergan valores estéticos, producto de una técnica depurada; pero por encima de todo y con independencia de su valor material, la joya está asociada más que muchos otros objetos a nuestra vida.